viernes, 6 de febrero de 2026

Sobre el voluntarismo hispano y americano

José Dionisio Solórzano / @jdionisioss

De España hemos heredado – las naciones hispánicas – ese voluntarismo que nos ha marcado a lo largo de tantos siglos de historia.

Ese deseo constante de hacer lo que queremos y cuando lo queremos; ese impulso al individualismo que nos hace capaces de grandes proezas y de grandes faltas.

De allí emana la fuerza y el carácter social que  le ha dado fisonomía a la España de entonces y que le dio formación a la hispanidad americana de siempre.

Bien lo decía Ángel Ganivet en su libro «Idearium español» cuando escribió que:

«En la Edad Media nuestras regiones querían reyes propios, no para estar mejor gobernados, sino para destruir el Poder real, las ciudades querían fueros que las eximieran de la autoridad de los reyes ya achicados; y todas las clases sociales querían fueros y privilegios a montones. Entonces estuvo nuestra Patria a dos pasos de realizar su ideal jurídico, que todos los españoles llevasen en el bolsillo una carta foral con un solo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundentes: este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana». 

Este voluntarismo de «hacer lo que nos viene en gana» se ha aplicado en el ámbito personal y en el concierto de las acciones públicas; y aquí nos encontramos con la antiquísima expresión de que tal o cual disposición se «acata, pero no se cumple».

La misma tiene origen en una expresión o formalismo administrativo en el derecho castellano antiguo, el cual era empleado para facultar al representante del rey para determinar sobre si alguna cédula real no se ajustaba a la realidad o poseía algún defecto formal, con lo cual podía el funcionario suspender sus efectos. 

Esta disposición jurídica-administrativa será reformulada en la América hispana y adaptada como un mecanismo destinado por los representantes reales para mantener una línea entre el reconocimiento a la Corona y para  la aplicación de sus deseos en los territorios encomendados.

Pero, ¿a que se debe este voluntarismo en el carácter español? Los nativos de la península se levantaron bajo tres aspectos fundamentales: el individualismo – visto desde la comunidad – el revanchismo y, por último, su energía.

La personalidad social del pueblo hispánico es energía pura y llana; esa voluntad de luchar es parte del ánimo de esta – nuestra cultural madre –. 

La leyenda de Rodrigo Díaz de Vivar (el campeador) es génesis de este espíritu combativo y enérgico, que es un rasgo esencial del hispánico (en los dos lados del océano). 

No es extraño que el ánimo de lucha haya caracterizado no solo le quehacer político de España, sino que hasta si hombres de literatura y de fe, fueron guerreros connotados.

A tal nivel, que la asociación intelectualidad, religiosidad y soldado se mezcló en un nivel íntimo y poderoso. 

Rufino Blanco Fombona en su libro «El Conquistador Español» asegura que:

«Algunos de los escritores más ilustres de España serán soldados o clérigos; a veces clérigos y soldados en una pieza: Calderón por ejemplo que dejó las armas por la iglesia. Soldados fueron Cervantes, Garcilaso, Ercilla; clérigos Lope de Vega, Tirso de Molina, Góngora, Gracián.  Dos de los mayores maestros de la lengua serán frailes: Fray Luis de León y fray Luis de Granada. La serie de militares eclesiástico o de eclesiásticos militares puede empezar en los obispos guerreros de la Edad Media y concluir, por ahora, en los curas guerrilleros de la guerra 
carlista. Algunos de los más representativos escritores y predicadores alcanzan la aureola de la beatitud o de la santidad: Santa Teresa, San Juan de la Cruz y el elocuente beato Juan de Ávila». 

De ese mismo espíritu enérgico y combativo encontramos a Santo Domingo de Guzmán, un testarudo enemigo de las herejías y constructor de órdenes religiosas; a San Francisco Javier, hombre de muchísima fe y de acción constante, cuyo febril impulso lo llevó a Venecia en 1537, de Roma a Bolonia – donde enseñó teología en su famosa Universidad –, en 1540 está en Lisboa, en 1541 en las indias portuguesas; de 1542 a 1544 está en el cabo de Comorín. Ya en 1549 lo hayamos en Japón siendo el primer misionero cristiano en llegar a esas tierras orientales.

Y, de ese mismo estirpe tenemos a San Ignacio de Loyola – el anti-Lutero –, hombre que pasó de ser «Soldado del Rey a Soldado de Cristo». El formador de las milicias jesuitas. Esa célebre compañía que aún hoy es una vanguardia en disfrutes aspectos.

Esa alma de voluntarismo es la que va a convertir a España en el origen de las guerrillas; pues eso fue aquel movimiento social, natural, gallardo de resistencia popular en contra de la invasión napoleonica en 1808. Y ese ejemplo cundirá poco tiempo después en América.

Pues, así como «El campeador» es la génesis del guerrero español y Diego García de Paredes el «Sansón de España» es ejemplo de bravura hispánica – durante la guerra en Italia –, de esa misma forma el Libertador Simón Bolívar es heredero de la enérgica voluntad hispánica, la misma que liberó a medio continente.

Así como el heroico movimiento guerrillero español derrotó a las huestes de Napoleón Bonaparte en la guerra de independencia de España, de esa misma forma, las tropas a caballo dirigidas por el General José Antonio Páez derrotaron a las experimentadas fuerzas del Pablo Morillo.

Por consiguiente; la fuerza de voluntad que hizo a América libre es la misma que recibimos de la raza española que derrotó a los sarracenos durante la Reconquista y de los tercios españoles que recorrieron los campos europeos venciendo a sus rivales.

Heredamos ese voluntarismo cargado de energía, de fuerza y pasión.