viernes, 6 de febrero de 2026

Sobre el voluntarismo hispano y americano

José Dionisio Solórzano / @jdionisioss

De España hemos heredado – las naciones hispánicas – ese voluntarismo que nos ha marcado a lo largo de tantos siglos de historia.

Ese deseo constante de hacer lo que queremos y cuando lo queremos; ese impulso al individualismo que nos hace capaces de grandes proezas y de grandes faltas.

De allí emana la fuerza y el carácter social que  le ha dado fisonomía a la España de entonces y que le dio formación a la hispanidad americana de siempre.

Bien lo decía Ángel Ganivet en su libro «Idearium español» cuando escribió que:

«En la Edad Media nuestras regiones querían reyes propios, no para estar mejor gobernados, sino para destruir el Poder real, las ciudades querían fueros que las eximieran de la autoridad de los reyes ya achicados; y todas las clases sociales querían fueros y privilegios a montones. Entonces estuvo nuestra Patria a dos pasos de realizar su ideal jurídico, que todos los españoles llevasen en el bolsillo una carta foral con un solo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundentes: este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana». 

Este voluntarismo de «hacer lo que nos viene en gana» se ha aplicado en el ámbito personal y en el concierto de las acciones públicas; y aquí nos encontramos con la antiquísima expresión de que tal o cual disposición se «acata, pero no se cumple».

La misma tiene origen en una expresión o formalismo administrativo en el derecho castellano antiguo, el cual era empleado para facultar al representante del rey para determinar sobre si alguna cédula real no se ajustaba a la realidad o poseía algún defecto formal, con lo cual podía el funcionario suspender sus efectos. 

Esta disposición jurídica-administrativa será reformulada en la América hispana y adaptada como un mecanismo destinado por los representantes reales para mantener una línea entre el reconocimiento a la Corona y para  la aplicación de sus deseos en los territorios encomendados.

Pero, ¿a que se debe este voluntarismo en el carácter español? Los nativos de la península se levantaron bajo tres aspectos fundamentales: el individualismo – visto desde la comunidad – el revanchismo y, por último, su energía.

La personalidad social del pueblo hispánico es energía pura y llana; esa voluntad de luchar es parte del ánimo de esta – nuestra cultural madre –. 

La leyenda de Rodrigo Díaz de Vivar (el campeador) es génesis de este espíritu combativo y enérgico, que es un rasgo esencial del hispánico (en los dos lados del océano). 

No es extraño que el ánimo de lucha haya caracterizado no solo le quehacer político de España, sino que hasta si hombres de literatura y de fe, fueron guerreros connotados.

A tal nivel, que la asociación intelectualidad, religiosidad y soldado se mezcló en un nivel íntimo y poderoso. 

Rufino Blanco Fombona en su libro «El Conquistador Español» asegura que:

«Algunos de los escritores más ilustres de España serán soldados o clérigos; a veces clérigos y soldados en una pieza: Calderón por ejemplo que dejó las armas por la iglesia. Soldados fueron Cervantes, Garcilaso, Ercilla; clérigos Lope de Vega, Tirso de Molina, Góngora, Gracián.  Dos de los mayores maestros de la lengua serán frailes: Fray Luis de León y fray Luis de Granada. La serie de militares eclesiástico o de eclesiásticos militares puede empezar en los obispos guerreros de la Edad Media y concluir, por ahora, en los curas guerrilleros de la guerra 
carlista. Algunos de los más representativos escritores y predicadores alcanzan la aureola de la beatitud o de la santidad: Santa Teresa, San Juan de la Cruz y el elocuente beato Juan de Ávila». 

De ese mismo espíritu enérgico y combativo encontramos a Santo Domingo de Guzmán, un testarudo enemigo de las herejías y constructor de órdenes religiosas; a San Francisco Javier, hombre de muchísima fe y de acción constante, cuyo febril impulso lo llevó a Venecia en 1537, de Roma a Bolonia – donde enseñó teología en su famosa Universidad –, en 1540 está en Lisboa, en 1541 en las indias portuguesas; de 1542 a 1544 está en el cabo de Comorín. Ya en 1549 lo hayamos en Japón siendo el primer misionero cristiano en llegar a esas tierras orientales.

Y, de ese mismo estirpe tenemos a San Ignacio de Loyola – el anti-Lutero –, hombre que pasó de ser «Soldado del Rey a Soldado de Cristo». El formador de las milicias jesuitas. Esa célebre compañía que aún hoy es una vanguardia en disfrutes aspectos.

Esa alma de voluntarismo es la que va a convertir a España en el origen de las guerrillas; pues eso fue aquel movimiento social, natural, gallardo de resistencia popular en contra de la invasión napoleonica en 1808. Y ese ejemplo cundirá poco tiempo después en América.

Pues, así como «El campeador» es la génesis del guerrero español y Diego García de Paredes el «Sansón de España» es ejemplo de bravura hispánica – durante la guerra en Italia –, de esa misma forma el Libertador Simón Bolívar es heredero de la enérgica voluntad hispánica, la misma que liberó a medio continente.

Así como el heroico movimiento guerrillero español derrotó a las huestes de Napoleón Bonaparte en la guerra de independencia de España, de esa misma forma, las tropas a caballo dirigidas por el General José Antonio Páez derrotaron a las experimentadas fuerzas del Pablo Morillo.

Por consiguiente; la fuerza de voluntad que hizo a América libre es la misma que recibimos de la raza española que derrotó a los sarracenos durante la Reconquista y de los tercios españoles que recorrieron los campos europeos venciendo a sus rivales.

Heredamos ese voluntarismo cargado de energía, de fuerza y pasión.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Sobre el voluntarismo hispano y americano

José Dionisio Solórzano / @jdionisioss

De España hemos heredado – las naciones hispánicas – ese voluntarismo que nos ha marcado a lo largo de tantos siglos de historia.

Ese deseo constante de hacer lo que queremos y cuando lo queremos; ese impulso al individualismo que nos hace capaces de grandes proezas y de grandes faltas.

De allí emana la fuerza y el carácter social que  le ha dado fisonomía a la España de entonces y que le dio formación a la hispanidad americana de siempre.

Bien lo decía Ángel Ganivet en su libro «Idearium español» cuando escribió que:

«En la Edad Media nuestras regiones querían reyes propios, no para estar mejor gobernados, sino para destruir el Poder real, las ciudades querían fueros que las eximieran de la autoridad de los reyes ya achicados; y todas las clases sociales querían fueros y privilegios a montones. Entonces estuvo nuestra Patria a dos pasos de realizar su ideal jurídico, que todos los españoles llevasen en el bolsillo una carta foral con un solo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundentes: este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana». 

Este voluntarismo de «hacer lo que nos viene en gana» se ha aplicado en el ámbito personal y en el concierto de las acciones públicas; y aquí nos encontramos con la antiquísima expresión de que tal o cual disposición se «acata, pero no se cumple».

La misma tiene origen en una expresión o formalismo administrativo en el derecho castellano antiguo, el cual era empleado para facultar al representante del rey para determinar sobre si alguna cédula real no se ajustaba a la realidad o poseía algún defecto formal, con lo cual podía el funcionario suspender sus efectos. 

Esta disposición jurídica-administrativa será reformulada en la América hispana y adaptada como un mecanismo destinado por los representantes reales para mantener una línea entre el reconocimiento a la Corona y para  la aplicación de sus deseos en los territorios encomendados.

Pero, ¿a que se debe este voluntarismo en el carácter español? Los nativos de la península se levantaron bajo tres aspectos fundamentales: el individualismo – visto desde la comunidad – el revanchismo y, por último, su energía.

La personalidad social del pueblo hispánico es energía pura y llana; esa voluntad de luchar es parte del ánimo de esta – nuestra cultural madre –. 

La leyenda de Rodrigo Díaz de Vivar (el campeador) es génesis de este espíritu combativo y enérgico, que es un rasgo esencial del hispánico (en los dos lados del océano). 

No es extraño que el ánimo de lucha haya caracterizado no solo le quehacer político de España, sino que hasta si hombres de literatura y de fe, fueron guerreros connotados.

A tal nivel, que la asociación intelectualidad, religiosidad y soldado se mezcló en un nivel íntimo y poderoso. 

Rufino Blanco Fombona en su libro «El Conquistador Español» asegura que:

«Algunos de los escritores más ilustres de España serán soldados o clérigos; a veces clérigos y soldados en una pieza: Calderón por ejemplo que dejó las armas por la iglesia. Soldados fueron Cervantes, Garcilaso, Ercilla; clérigos Lope de Vega, Tirso de Molina, Góngora, Gracián.  Dos de los mayores maestros de la lengua serán frailes: Fray Luis de León y fray Luis de Granada. La serie de militares eclesiástico o de eclesiásticos militares puede empezar en los obispos guerreros de la Edad Media y concluir, por ahora, en los curas guerrilleros de la guerra 
carlista. Algunos de los más representativos escritores y predicadores alcanzan la aureola de la beatitud o de la santidad: Santa Teresa, San Juan de la Cruz y el elocuente beato Juan de Ávila». 

De ese mismo espíritu enérgico y combativo encontramos a Santo Domingo de Guzmán, un testarudo enemigo de las herejías y constructor de órdenes religiosas; a San Francisco Javier, hombre de muchísima fe y de acción constante, cuyo febril impulso lo llevó a Venecia en 1537, de Roma a Bolonia – donde enseñó teología en su famosa Universidad –, en 1540 está en Lisboa, en 1541 en las indias portuguesas; de 1542 a 1544 está en el cabo de Comorín. Ya en 1549 lo hayamos en Japón siendo el primer misionero cristiano en llegar a esas tierras orientales.

Y, de ese mismo estirpe tenemos a San Ignacio de Loyola – el anti-Lutero –, hombre que pasó de ser «Soldado del Rey a Soldado de Cristo». El formador de las milicias jesuitas. Esa célebre compañía que aún hoy es una vanguardia en disfrutes aspectos.

Esa alma de voluntarismo es la que va a convertir a España en el origen de las guerrillas; pues eso fue aquel movimiento social, natural, gallardo de resistencia popular en contra de la invasión napoleonica en 1808. Y ese ejemplo cundirá poco tiempo después en América.

Pues, así como «El campeador» es la génesis del guerrero español y Diego García de Paredes el «Sansón de España» es ejemplo de bravura hispánica – durante la guerra en Italia –, de esa misma forma el Libertador Simón Bolívar es heredero de la enérgica voluntad hispánica, la misma que liberó a medio continente.

Así como el heroico movimiento guerrillero español derrotó a las huestes de Napoleón Bonaparte en la guerra de independencia de España, de esa misma forma, las tropas a caballo dirigidas por el General José Antonio Páez derrotaron a las experimentadas fuerzas del Pablo Morillo.

Por consiguiente; la fuerza de voluntad que hizo a América libre es la misma que recibimos de la raza española que derrotó a los sarracenos durante la Reconquista y de los tercios españoles que recorrieron los campos europeos venciendo a sus rivales.

Heredamos ese voluntarismo cargado de energía, de fuerza y pasión.

Sobre el voluntarismo hispano y americano

José Dionisio Solórzano / @jdionisioss

De España hemos heredado – las naciones hispánicas – ese voluntarismo que nos ha marcado a lo largo de tantos siglos de historia.

Ese deseo constante de hacer lo que queremos y cuando lo queremos; ese impulso al individualismo que nos hace capaces de grandes proezas y de grandes faltas.

De allí emana la fuerza y el carácter social que  le ha dado fisonomía a la España de entonces y que le dio formación a la hispanidad americana de siempre.

Bien lo decía Ángel Ganivet en su libro «Idearium español» cuando escribió que:

«En la Edad Media nuestras regiones querían reyes propios, no para estar mejor gobernados, sino para destruir el Poder real, las ciudades querían fueros que las eximieran de la autoridad de los reyes ya achicados; y todas las clases sociales querían fueros y privilegios a montones. Entonces estuvo nuestra Patria a dos pasos de realizar su ideal jurídico, que todos los españoles llevasen en el bolsillo una carta foral con un solo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundentes: este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana». 

Este voluntarismo de «hacer lo que nos viene en gana» se ha aplicado en el ámbito personal y en el concierto de las acciones públicas; y aquí nos encontramos con la antiquísima expresión de que tal o cual disposición se «acata, pero no se cumple».

La misma tiene origen en una expresión o formalismo administrativo en el derecho castellano antiguo, el cual era empleado para facultar al representante del rey para determinar sobre si alguna cédula real no se ajustaba a la realidad o poseía algún defecto formal, con lo cual podía el funcionario suspender sus efectos. 

Esta disposición jurídica-administrativa será reformulada en la América hispana y adaptada como un mecanismo destinado por los representantes reales para mantener una línea entre el reconocimiento a la Corona y para  la aplicación de sus deseos en los territorios encomendados.

Pero, ¿a que se debe este voluntarismo en el carácter español? Los nativos de la península se levantaron bajo tres aspectos fundamentales: el individualismo – visto desde la comunidad – el revanchismo y, por último, su energía.

La personalidad social del pueblo hispánico es energía pura y llana; esa voluntad de luchar es parte del ánimo de esta – nuestra cultural madre –. 

La leyenda de Rodrigo Díaz de Vivar (el campeador) es génesis de este espíritu combativo y enérgico, que es un rasgo esencial del hispánico (en los dos lados del océano). 

No es extraño que el ánimo de lucha haya caracterizado no solo le quehacer político de España, sino que hasta si hombres de literatura y de fe, fueron guerreros connotados.

A tal nivel, que la asociación intelectualidad, religiosidad y soldado se mezcló en un nivel íntimo y poderoso. 

Rufino Blanco Fombona en su libro «El Conquistador Español» asegura que:

«Algunos de los escritores más ilustres de España serán soldados o clérigos; a veces clérigos y soldados en una pieza: Calderón por ejemplo que dejó las armas por la iglesia. Soldados fueron Cervantes, Garcilaso, Ercilla; clérigos Lope de Vega, Tirso de Molina, Góngora, Gracián.  Dos de los mayores maestros de la lengua serán frailes: Fray Luis de León y fray Luis de Granada. La serie de militares eclesiástico o de eclesiásticos militares puede empezar en los obispos guerreros de la Edad Media y concluir, por ahora, en los curas guerrilleros de la guerra 
carlista. Algunos de los más representativos escritores y predicadores alcanzan la aureola de la beatitud o de la santidad: Santa Teresa, San Juan de la Cruz y el elocuente beato Juan de Ávila». 

De ese mismo espíritu enérgico y combativo encontramos a Santo Domingo de Guzmán, un testarudo enemigo de las herejías y constructor de órdenes religiosas; a San Francisco Javier, hombre de muchísima fe y de acción constante, cuyo febril impulso lo llevó a Venecia en 1537, de Roma a Bolonia – donde enseñó teología en su famosa Universidad –, en 1540 está en Lisboa, en 1541 en las indias portuguesas; de 1542 a 1544 está en el cabo de Comorín. Ya en 1549 lo hayamos en Japón siendo el primer misionero cristiano en llegar a esas tierras orientales.

Y, de ese mismo estirpe tenemos a San Ignacio de Loyola – el anti-Lutero –, hombre que pasó de ser «Soldado del Rey a Soldado de Cristo». El formador de las milicias jesuitas. Esa célebre compañía que aún hoy es una vanguardia en disfrutes aspectos.

Esa alma de voluntarismo es la que va a convertir a España en el origen de las guerrillas; pues eso fue aquel movimiento social, natural, gallardo de resistencia popular en contra de la invasión napoleonica en 1808. Y ese ejemplo cundirá poco tiempo después en América.

Pues, así como «El campeador» es la génesis del guerrero español y Diego García de Paredes el «Sansón de España» es ejemplo de bravura hispánica – durante la guerra en Italia –, de esa misma forma el Libertador Simón Bolívar es heredero de la enérgica voluntad hispánica, la misma que liberó a medio continente.

Así como el heroico movimiento guerrillero español derrotó a las huestes de Napoleón Bonaparte en la guerra de independencia de España, de esa misma forma, las tropas a caballo dirigidas por el General José Antonio Páez derrotaron a las experimentadas fuerzas del Pablo Morillo.

Por consiguiente; la fuerza de voluntad que hizo a América libre es la misma que recibimos de la raza española que derrotó a los sarracenos durante la Reconquista y de los tercios españoles que recorrieron los campos europeos venciendo a sus rivales.

Heredamos ese voluntarismo cargado de energía, de fuerza y pasión.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Sobre el voluntarismo hispano y americano

José Dionisio Solórzano / @jdionisioss

De España hemos heredado – las naciones hispánicas – ese voluntarismo que nos ha marcado a lo largo de tantos siglos de historia.

Ese deseo constante de hacer lo que queremos y cuando lo queremos; ese impulso al individualismo que nos hace capaces de grandes proezas y de grandes faltas.

De allí emana la fuerza y el carácter social que  le ha dado fisonomía a la España de entonces y que le dio formación a la hispanidad americana de siempre.

Bien lo decía Ángel Ganivet en su libro «Idearium español» cuando escribió que:

«En la Edad Media nuestras regiones querían reyes propios, no para estar mejor gobernados, sino para destruir el Poder real, las ciudades querían fueros que las eximieran de la autoridad de los reyes ya achicados; y todas las clases sociales querían fueros y privilegios a montones. Entonces estuvo nuestra Patria a dos pasos de realizar su ideal jurídico, que todos los españoles llevasen en el bolsillo una carta foral con un solo artículo, redactado en estos términos breves, claros y contundentes: este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana». 

Este voluntarismo de «hacer lo que nos viene en gana» se ha aplicado en el ámbito personal y en el concierto de las acciones públicas; y aquí nos encontramos con la antiquísima expresión de que tal o cual disposición se «acata, pero no se cumple».

La misma tiene origen en una expresión o formalismo administrativo en el derecho castellano antiguo, el cual era empleado para facultar al representante del rey para determinar sobre si alguna cédula real no se ajustaba a la realidad o poseía algún defecto formal, con lo cual podía el funcionario suspender sus efectos. 

Esta disposición jurídica-administrativa será reformulada en la América hispana y adaptada como un mecanismo destinado por los representantes reales para mantener una línea entre el reconocimiento a la Corona y para  la aplicación de sus deseos en los territorios encomendados.

Pero, ¿a que se debe este voluntarismo en el carácter español? Los nativos de la península se levantaron bajo tres aspectos fundamentales: el individualismo – visto desde la comunidad – el revanchismo y, por último, su energía.

La personalidad social del pueblo hispánico es energía pura y llana; esa voluntad de luchar es parte del ánimo de esta – nuestra cultural madre –. 

La leyenda de Rodrigo Díaz de Vivar (el campeador) es génesis de este espíritu combativo y enérgico, que es un rasgo esencial del hispánico (en los dos lados del océano). 

No es extraño que el ánimo de lucha haya caracterizado no solo le quehacer político de España, sino que hasta si hombres de literatura y de fe, fueron guerreros connotados.

A tal nivel, que la asociación intelectualidad, religiosidad y soldado se mezcló en un nivel íntimo y poderoso. 

Rufino Blanco Fombona en su libro «El Conquistador Español» asegura que:

«Algunos de los escritores más ilustres de España serán soldados o clérigos; a veces clérigos y soldados en una pieza: Calderón por ejemplo que dejó las armas por la iglesia. Soldados fueron Cervantes, Garcilaso, Ercilla; clérigos Lope de Vega, Tirso de Molina, Góngora, Gracián.  Dos de los mayores maestros de la lengua serán frailes: Fray Luis de León y fray Luis de Granada. La serie de militares eclesiástico o de eclesiásticos militares puede empezar en los obispos guerreros de la Edad Media y concluir, por ahora, en los curas guerrilleros de la guerra 
carlista. Algunos de los más representativos escritores y predicadores alcanzan la aureola de la beatitud o de la santidad: Santa Teresa, San Juan de la Cruz y el elocuente beato Juan de Ávila». 

De ese mismo espíritu enérgico y combativo encontramos a Santo Domingo de Guzmán, un testarudo enemigo de las herejías y constructor de órdenes religiosas; a San Francisco Javier, hombre de muchísima fe y de acción constante, cuyo febril impulso lo llevó a Venecia en 1537, de Roma a Bolonia – donde enseñó teología en su famosa Universidad –, en 1540 está en Lisboa, en 1541 en las indias portuguesas; de 1542 a 1544 está en el cabo de Comorín. Ya en 1549 lo hayamos en Japón siendo el primer misionero cristiano en llegar a esas tierras orientales.

Y, de ese mismo estirpe tenemos a San Ignacio de Loyola – el anti-Lutero –, hombre que pasó de ser «Soldado del Rey a Soldado de Cristo». El formador de las milicias jesuitas. Esa célebre compañía que aún hoy es una vanguardia en disfrutes aspectos.

Esa alma de voluntarismo es la que va a convertir a España en el origen de las guerrillas; pues eso fue aquel movimiento social, natural, gallardo de resistencia popular en contra de la invasión napoleonica en 1808. Y ese ejemplo cundirá poco tiempo después en América.

Pues, así como «El campeador» es la génesis del guerrero español y Diego García de Paredes el «Sansón de España» es ejemplo de bravura hispánica – durante la guerra en Italia –, de esa misma forma el Libertador Simón Bolívar es heredero de la enérgica voluntad hispánica, la misma que liberó a medio continente.

Así como el heroico movimiento guerrillero español derrotó a las huestes de Napoleón Bonaparte en la guerra de independencia de España, de esa misma forma, las tropas a caballo dirigidas por el General José Antonio Páez derrotaron a las experimentadas fuerzas del Pablo Morillo.

Por consiguiente; la fuerza de voluntad que hizo a América libre es la misma que recibimos de la raza española que derrotó a los sarracenos durante la Reconquista y de los tercios españoles que recorrieron los campos europeos venciendo a sus rivales.

Heredamos ese voluntarismo cargado de energía, de fuerza y pasión.

lunes, 6 de enero de 2025

Cruz y salitre

José Dionisio Solórzano / @jdionisioss

A veces cometemos el error de pensar que Puerto La Cruz es una ciudad relativamente joven; que no pasa de unos 80 años. 

Cuando la verdad es muy distinta.


Ya por aquellos años de 1890 (en el siglo XIX) Puerto La Cruz era una pequeña población de pescadores a orillas del Mar Caribe.

Familias como los Espinos, los Charfardets, los Rolando y más tarde la familia Ceccato (con la llegada de su patriarca, Emilio Luis) fueron forjando los pasos iniciales de lo que hoy es Puerto La Cruz.

De ser una aldea de pescadores y agricultores – cercana a la población de Nuestra Señora del Amparo de Los Pozuelos – fue creciendo hasta ser una incipiente metrópolis.

Para 1930 Puerto La Cruz era un asentamiento partido por la mitad; atravesado por la herida de la línea del tren de Naricual – que transportaba carbón hasta el puerto de Guanta –, esa línea que hoy es la Avenida 5 de Julio.

De esa vía del tren nacían las calles Las Flores – hoy Ricauter – y la calle Guate de Cochino – hoy calle Simón Rodríguez –, y terminaban en la playa.

A un lado estaban estas calles, por el otro se extendían grandes cujisales y una laguna – según nos narra Guillermo Bass Méndez en sus Crónicas Portocruzanas.

Fue en este Puerto La Cruz de pescadores y familias de antaño que se decreta el 6 de enero de 1944, por la Asamblea Legislativa del Estado Anzoátegui, la creación del Distrito Sotillo con Puerto La Cruz, como capital, Pozuelos y Guanta (en 1992 se separa del municipio Sotillo).


Ese Puerto La Cruz de la gallera de Agripino Franco y del bar de Luis Emilio Franco; de la familia Notaro y de la Farmacia La Cruz – en lo que hoy es la calle Bolívar – fue abriéndose paso a partir de 1958.

Fue así que fueron creándose barriadas como Colinas del Frío, Sierra Maestra, Tierra Adentro, Isla de Cuba, San José (en tierras que habían sido propiedad de la Creole), Campo Alegre; pero la ciudad no creció solo aquí, sino que subió cerró arriba.

Fue así que se crearon Las Delicias, Las Charas, Chuparín Arriba, Vista El Mar, Valle Verde y otros. 

Se fue levantando una ciudad bajo la tutela de la Cruz, la brisa cargada de salitre y un proceso anárquico y festivo al ritmo del carnaval y bajo los sermones del Padre Quinto.

Una ciudad que tuvo su esplendor y que hoy vive una parálisis; pues pareciera que el siglo XXI no ha llegado aún, que el nuevo milenio nunca arribó hasta estos parajes caribeños y que el Paseo Colón es el último recuerdo de su grandeza de otrora.

lunes, 2 de septiembre de 2024

¿Una Iglesia Venezolana?

José Dionisio Solórzano / @jdionisioss

Al mejor estilo de Enrique VIII, durante el período denominado El Trienio Adeco, y en medio de una puja entre la Junta Revolucionaria de Gobierno, encabezada por Rómulo Betancourt, y la Iglesia Católica, se constituyó la Iglesia Católica Apostólica y Venezolana (ICAV).

Todo empezó con el decreto 321, donde el Ejecutivo venezolano ponía en desventaja a la educación privada frente a la pública, perjudicando así a un número importante de unidades educativas que estaban bajo la administración de la Iglesia Católica.

En medio de la conflictividad, en un editorial de diciembre de 1947 de  la Revista Sic, se leía un editorial que decía: “son ateos los que no creen en Dios; aunque en medio de la propaganda electoral entran al templo a besar las imágenes de los Santos. Son totalitarios los que atribuyen al Estado los derechos que corresponde al individuo, a la familia y a la Iglesia… Son socialistas y perseguidores de la Iglesia, según expresión del Episcopado venezolano en su carta pastoral del 30 de septiembre, los que en la Asamblea Constituyente defendieron el decreto 321 y el artículo 55 de la Constitución”.

Desde el Gobierno, a través del impulso del Maestro Luis Beltrán Pietro Figueroa, se siguió adelante con el plan de despojar de beneficios académicos a las instituciones privadas y desmejorarlas frente a las públicas; a tal punto que un alumno con 20 puntos en una institución privada equivaldría a 15 puntos en la pública.

En medio de este enfrentamiento, desde el seno del Poder Político se acordó promover un cisma dentro de la misma Iglesia alentando, promoviendo y auspiciando, e incluso financiando, una Iglesia separada la cual se denominaría Iglesia Católica, Apostólica y Venezolana (ICAV), quien estaría a cargo de Luis Fernando Castillo Méndez, un sacerdote ordenado clandestina e írritamente por un obispo español, consagrado por un obispo cismático brasileño.

A la ICAV se agregaron unos pocos sacerdotes y feligreses, quienes ya habían manifestado su recelo en contra de la jerarquía de la Iglesia Católica en Venezuela, sobre todo en la forma como se conducían los obispos venezolanos.

Sin embargo, a pesar de la enorme cantidad de dinero invertido en el proyecto los objetivos no fueron alcanzados; la Iglesia Católica Apostólica y Venezolana no sobrevivió a la caída del gobierno de Don Rómulo Gallegos. E incluso esta polémica podría explicar el júbilo manifestado por los obispos venezolanos al conocerse el derrumbamiento del ensayo democrático de 1945 a 1948.

Con frases como “La noche quedó atrás” y la “Noche blanca”, los sacerdotes ponderaban el período del Trienio Adeco y a lucha que los revolucionarios de octubre y los sacerdotes protagonizaron por el derecho a la educación libre de los venezolanos.

Este es un pasaje de nuestra historia patria y de la historia de la Iglesia Católica en Venezuela, que nos es suficientemente conocido y estudiado.

¡Vive la historia, vive el desafío de aprender!

viernes, 24 de enero de 2020

23 de Enero


Por José Dionisio Solórzano

Opinión-.  Era la madrugada del 23 de enero de 1958 la radio anunciaba que el “Dictador acaba de huir a bordo del avión presidencial, La Vaca Sagrada”, hacía pocas horas los locutores hablaban del “ciudadano presidente” y elogiaban al mandatario nacional, ya en aquella hora el cambio político se sentía primero en los medios de comunicación, antes que en ninguna otra parte.

Aquel golpe de Estado era la etapa final de un proceso de descomposición en la estructura del gobierno del General Marcos Pérez Jiménez, quien “para no derramar más sangre” decidió tomar sus maletas rumbo al exilio en República Dominicana.

Todo inició un primero de enero de 1958, cuando se produjo el primer intento de rebelión militar en contra del General Pérez Jiménez. La asonada estuvo comandada por el coronel Hugo Trejo quien contó con la participación de un buen número de oficiales de la guarnición de Caracas y de Maracay, esencialmente de la Fuerza Aérea.

Aquel intento de Golpe de Estado fracasaría, y sus principales dirigentes fueron detenidos por el gobierno de la nación. No obstante, este sería un punto de inflexión.

La percepción del apoyo monolítico del sector militar al gobierno se desmoronaría por completo. Lo que daría pie a nuevo brotes de descontento dentro y fuera de la institución castrense.

Los ruidos dentro de la Fuerza Armada y de la sociedad fueron cada vez mayores. Las política de ordenamiento interno se fueron acrecentando, las cárceles se abarrotaron de presos políticos y la anarquía se apoderó del movimiento estudiantil, quien tomó posición beligerante en contra del sistema de gobierno.

Intelectuales, médicos, abogados, profesores universitarios, ingenieros suscriben manifiestos de denuncia contra del Gobierno. Todo esto fue haciendo más mella en la relación Fuerzas Armadas con Miraflores.

El 13 de enero, el presidente-general convocó a su despacho al general Rómulo Fernández, Ministro de la Defensa, quien hacía unos días había presentado en nombre del Alto Mando Militar, un pliego a Pérez Jiménez en el que se solicitaba la renuncia de Laureano Vallenilla, ministro del Interior, y de Pedro Estrada, director de la Seguridad Nacional.

Pérez aceptó las estipulaciones del pliego. Destituyó a Vallenilla, sacó a Estrada del país y formó un gabinete integrado por oficiales de las Fuerzas Armadas.

Alrededor del 15 de enero la Junta Patriótica, ente aglutinador de la oposición, llamó a la huelga general para el día 21 de ese mes.

Dicho día comienza la huelga de prensa y horas después de ésta, la huelga general convocada por la Junta Patriótica. El paro se cumplió a cabalidad y en muchos sitios de Caracas se produjeron enfrentamientos con las fuerzas del gobierno.

Para el 22 se reúnen altos jefes militares en la Academia Militar para considerar la situación. Sus deliberaciones concluyen formando una Junta Militar de Gobierno que pide la renuncia a Pérez Jiménez.

En horas de la noche de ese 22 de Enero la Marina de Guerra y la Guarnición de Caracas se pronunciaron contra Pérez Jiménez, y éste privado de todo apoyo en las Fuerzas Armadas, huyó en la madrugada del 23 de enero.