martes, 24 de septiembre de 2019

Las Queseras del Medio


Por José Dionisio Solórzano

Opinión-.   Frente a frente, las fuerzas del General realista Don Pablo Morillo y las del Libertador Simón Bolívar. Dos ejércitos formidables y separados por el río Arauca, pero que en aquella oportunidad no se midieron en el campo de batalla, gracias a la genta de las Queseras del Medio protagonizada por el General José Antonio Páez.

El día 27 de marzo de 1819, después de la acción de trapiche de Gamarra, el Libertador se trasladó al margen opuesta del río Arauca, y levantó su campamento en el área conocida como Potreritos Marrereños, mientras que Morillo hizo lo propio y se ubicó en la Mata de Herradero a corta distancia del margen izquierda del río, donde se encontraban los patriotas.

Gracias a las políticas de espionaje (tema de otro artículo) el General José Antonio Páez supo del plan diseñado por Morilla que buscaba capturarle. Con conocimiento de las ideas de los realistas, Páez le propuso a Simón Bolívar otro plan que buscaba sorprender y neutralizar a los realistas.

Con la venia del Libertador, Páez tomó a 153 de sus mejores lanceros y cruzó el río. Avanzó hacia la posición de Morillo, algunos historiadores afirman que Páez ordenó a sus soldados amarrar de las colas de sus caballos palma para que levantarán una gran polvareda para que ésta simulara un número mayor de soldados entre sus filas.

Morillo al percatarse del avance de la pequeña fuerza patriota destacó en su contra a un escuadrón de carabineros, integrada por unos 200 hombres, comandado por el coronel Narciso López, para que le hicieron frente a los soldados dirigidos por Páez.

El centauro de los llanos ordenó al teniente coronel Juan José Rondón que cargase a viva lanza contra el enemigo, pero que se retirase lo más rápido posible para evitar se envuelto. Y así lo hizo.

Narciso López al ver a los patriotas en retirada ordenó a sus carabineros echar pie en tierra, un procedimiento habitual de esta fuerza, para arremeter en contra de los patriotas. Cuando esto ocurrió Paéz volvió caras, y se dice que gritó “Vuelvan cara…s” y acometió sobre el enemigo que se encontraba ahora en una posición desventajosa.

López sorprendido se batió en retirada, bajo un tremendo desorden. Este movimiento desorganizó a las otras líneas realistas a tal punto que los carabineros estuvieron a punto de arrollar a su propia infantería.  De esta forma Morillo perdió la batalla de las Queseras del Medio con un saldo sangriento para sus fuerzas, mientras que Páez solo sufrió la baja de tres de sus valerosos lanceros. Los 150 soldados sobrevivientes fueron premiados y ensalzados  por el mismo Libertador quien habló de los “Bravos de Apure” y quien les otorgó a cada uno la Orden de los Libertadores.

En cambio, Morillo nuevamente aprendería de la peor forma que los supuestos “vándalos” a quien debía perseguir y reducir, no eran tan cobardes ni tan torpes como se creía en el Península ibérica.

¡Vive la historia, vive el desafío de aprender!






martes, 17 de septiembre de 2019

Batalla de Mucuritas


Por José Dionisio Solórzano

Opinión-.   Había iniciado el año 1817, el Teniente General Don Pablo Morillo había ingresado en territorio venezolano luego de sojuzgar a los independentistas en la Nueva Granada (actual Colombia); venía decidido a repetir la hazaña en la Provincia de Venezuela y someter a lo que llamaban “los bandidos” que seguían a Simón Bolívar.

Entró con un formidable ejército, el mismo que había sometido a los neogranadinos. Una de sus divisiones estaba al mando del Coronel Miguel De la Torre y Pando, el día 27 de enero éste había acampado con 1.800 hombres en el Hato El Frío, y el día 28 de enero se enfrentaría a los lanceros comandados por el General José Antonio Páez.

Ese 28 De la Torre llegaría a la sabana de Mucuritas, allí dispuso a sus 1.000 infantes y sus 800 caballos. Frente a él, Páez arribó con 1.100 jinetes, los cuáles dividió en tres líneas: la primera a cargo de Ramón Nonato Pérez, la segunda guiada por Doroteo Hurtado y Rafael Rosales y la tercera bajo la dirección de Cruz Carillo.

Los realistas dispusieron sus unidades de la siguiente forma: Una columna de cazadores en posición de batalla de a cuatro en fondo, el tercer batallón de Numancia, en columna cerrada, se posicionó en la retaguardia de aquél y el otro en la retaguardia como reserva.

Además, De la Torre colocó dos escuadrones de húsares a la izquierda del campo de batalla, y otro en su retaguardia como reserva.

Con este planteamiento de batalla, el coronel ibérico avanzó y abrió fuego en contra de los patriotas. En respuesta, José Antonio Páez ordenó a la primera línea, a cargo de Ramón Nonato Pérez, cargar con vigor contra el enemigo, sin embargo tenía la orden que a media distancia se dividieran a derecha e izquierda para atacar el flanco de caballería que formaba las alas de infantería enemiga.

Páez había ordenado a sus hombres que al ser rechazados por los españoles efectuasen un repliegue en aparente derrota, y que volviesen caras cuando notasen que la segunda línea patriotas, bajo la conducción de Doroteo Hurtado y Rafael Rosales, entrara en batalla contra la retaguardia de la caballería enemiga, la cual se encontraba en ese momento en plena persecución de la primera línea patriótica.

La maniobra pensada por Páez se llevó adelante a la perfección, lo que dejó a De la Torre sin caballería y con 200 húsares de bajas, el español tenía unas fuerzas diezmadas e incomunicadas de lo que restaba de infantería.

Y para completar la estrategia, Páez había dispuesto que 50 de sus soldados, dieran fuego a la sabana, la cual rápidamente se extendió dejando a la infantería realista envuelta en llamas.

Solo la pericia del comandante español y sus nervios de acero lograron evitar que la derrota fuera aún más espantosa. De la Torre ordenó a sus soldados de a pie a que se apoyaran en una cañada cercana para impedir que murieran abrazados.

Los españoles marcharon en franca retirada hacia el paso de El Frío, hasta donde los persiguió las huestes de Páez, solo la protección de un bosque cercano le dio el abrigo final a los hombres de De la Torre.

De esta forma, luego de una táctica de engaño exitosa y de maniobras efectivas, aparte de 14 cargas de caballería, José Antonio Páez les propinaría a los vencedores de Nueva Granada una de sus primeras derrotas en suelo venezolano.

¡Vive la historia, vive el desafío de aprender!






miércoles, 11 de septiembre de 2019

¿Cómo empezaron los Hospitales en Venezuela?


José Dionisio Solórzano (@jdionisioss)

Opinión-.   ¿Qué eran los hospitales en los tiempos de la Colonia? Para responder esta pregunta vamos rápidamente a consultar el Diccionario de Autoridades de la Real Academia Española, que en su cuarto tomo de 1734, define que los hospitales son: “La casa donde se reciben a los pobres enfermos, pasajeros y peregrinos, y se cura de las enfermedades que padecen, asistiéndolos a expensas de las rentas que tiene el hospital, o de las limosnas que recogen”.

Los Hospitales en aquellos días de los siglos XVI y XVII, eran especie de refugios que sustituían al hogar, y donde personas sin familia iban a ser curados de los diversos males que padecían; eran albergues para la sanación donde la Iglesia Católica tuvo un papel muy importante.

A pesar de la ausencia de documentación, podemos recoger la existencia de centros hospitalarios en varios puntos del país; para mediados del siglo XVI en la Provincia de Venezuela por lo menos existía dos hospitales, uno en Cubagua y otro en Coro.

De acuerdo con la información que se conoce el establecimiento de hospitales fue creciendo de la siguiente forma: 1565 en Barquisimeto, 1602 en Caracas, 1625 en El Tocuyo y 1681 en Carora. No obstante, la mayoría de estos centros prestaban un servicio sumamente precario, debido a que cada uno solamente poseía una media docena de camas en instalaciones alquiladas a expensas de las rentas de la Iglesia.

La Iglesia Católica sostuvo la construcción y mantenimiento operativo de los hospitales, a lo largo de décadas, a través de dos canales: La entrega de recursos mediante el uso de los dividendos de sus rentas, o mediante la solicitud de limosnas o diezmos a la feligresía.

El obispo Mariano Martín durante su visita pastoral a la Diócesis de Caracas, entre 1781 y 1784, hizo una exhaustiva prédica y exhorto a los católicos a mostrar caridad en torno a los Hospitales, a sabiendas del estado paupérrimo de la mayoría de los centros de salud de la época.

De las once instalaciones hospitalarias existentes en la época del recorrido del mencionado Obispo,  sólo en dos había médicos tratantes,  y se debía costear sus gastos a expensas de la caridad pública.
“…no hay médico destinado a este hospital por no haberlo en la ciudad, y sólo por algún sujeto curioso se hacen algunas aplicaciones”, escribía el obispo Martí en alusión de otros centros de salud.

Para 1780 existían hospitales en Coro, Maracaibo, Caracas, Carora, El Tocuyo, Barquisimeto, Trujillo, San Sebastián, San Felipe, La Guaira y Valencia y todos eran atendidos por religiosos, por tal motivo la atención de las necesidades espirituales se realizaban a la par de las médicas. Es decir, el alma era tan importante como el cuerpo.

El mayor hospital de todos fue el Señor San Pablo de Caracas, también llamado Hospital Real, que fue fundado en 1602 y que dependió de la Iglesia desde esta fecha hasta 1742, año en que fue pasado al Patronato Real por la Real Célula.

Para 1768 el Hospital de San Pablo, que estaba justo detrás de la Iglesia de San Pablo Eremita, ya contaba con 45 camas para atender a pacientes de sexo masculino, ya que las mujeres eran sanadas  en el Hospital de La Caridad fundado en 1691.

La historia de los hospitales y de la salud pública en Venezuela no se puede escribir sin mencionar el papel de religiosos, monjas, sacerdotes y obispos, que veían en la curación de los enfermos una obra pía que se debía cumplir a como diera lugar.  

¡Vive la historia, vive el desafío de aprender!






miércoles, 4 de septiembre de 2019

Emperador Claudio


Por José Dionisio Solórzano

Opinión-.   En la historia encontramos más de un caso de personas que surgieron de la nada para terminar ocupando los más altos puestos públicos de sus tiempos; no obstante en esta ocasión permítanme hablar de un caso que juzgo entre los mejores ejemplos de superación social y poder político.

Empecemos en los días del Imperio Romano: Claudio era el actor político, tal vez el más despreciado y subestimado de aquellos días. Tío de Calígula, un emperador con muchos más vicios que virtudes, a tal punto que se dice que Calígula se acostaba con la esposa de Claudio por el simple placer de humillarle.

No era un gran estadista, no era un hombre de letras, tampoco un militar de grandes éxitos, no. Claudio era un político regordete, cojo y tartamudo, ganado más a beber y a comer que a cualquiera otra actividad. Siempre estuvo bajo las sombras, oculto, siendo el hazmerreír de muchos.

No obstante, su día llegó. Calígula fue asesinado, su sangre bañó las calles de la vieja Roma, y los asesinos, aquella Guardia Pretoriana que había jurado cuidar al emperador, entraron al Palacio con la aparente intención de liquidar a todos los familiares sobrevivientes del déspota caído.

Cuenta la leyenda que Claudio se escondió arrodillado, y lleno de temor, detrás de unas cortinas, y lanzó un pequeño grito cuando se vio descubierto por los soldados.

Mayor su sorpresa cuando los militares se dieron un golpe en el pecho y alzando extendida su mano derecha (el saludo romano) dijeron al unísono “Salve emperador Claudio”. Así, este pequeño político se transformó en el hombre más poderoso del mundo.

Desde aquel 24 de enero del año 41 hasta su muerte en el año 54, Claudio ejerció el poder de la potencia económica y militar más grande del mundo. Su gobierno lo constituyó la modernización de Roma, son famosos sus sistemas de acueductos (Aqua Claudia y  Anio Novus), además de su invasión a Bretaña (Inglaterra), su gobierno fue una total mejoría en comparación a su antecesor y sucesor.

Claudio, oriundo en Lugdunum en la Galia, el primer emperador romano nacido fuera de la península itálica, fue un buen emperador y un alivio entre las atrocidades cometidas por Calígula y por Nerón; él es uno de esos hombres que cuando se les presenta una oportunidad la aprovechan al máximo, así lo hizo él, nunca estuvo en sus planes ser Emperador, aunque no dudó en tomar el poder para sí y lo ejerció lo mejor que le permitieron las circunstancias.

Tal vez, en este caso, el hecho de no ser un hombre apreciado por sus coterráneos y contemporáneos, el hecho de no ser un preferido por el statu quo ni por el pueblo, lo obligó a ser un gobernante consciente de sus capacidades, de sus límites y de las formas para hacer el mejor de los gobiernos posibles. 

Así Claudio, un político insignificante, se convirtió en Emperador.

¡Vive la historia, vive el desafío de aprender!