Por José Dionisio Solórzano
Opinión-. En la
historia encontramos más de un caso de personas que surgieron de la nada para
terminar ocupando los más altos puestos públicos de sus tiempos; no obstante en
esta ocasión permítanme hablar de un caso que juzgo entre los mejores ejemplos
de superación social y poder político.
Empecemos en los días del Imperio
Romano: Claudio era el actor político, tal vez el más despreciado y subestimado
de aquellos días. Tío de Calígula, un emperador con muchos más vicios que
virtudes, a tal punto que se dice que Calígula se acostaba con la esposa de
Claudio por el simple placer de humillarle.
No era un gran estadista, no era
un hombre de letras, tampoco un militar de grandes éxitos, no. Claudio era un
político regordete, cojo y tartamudo, ganado más a beber y a comer que a cualquiera
otra actividad. Siempre estuvo bajo las sombras, oculto, siendo el hazmerreír
de muchos.
No obstante, su día llegó.
Calígula fue asesinado, su sangre bañó las calles de la vieja Roma, y los
asesinos, aquella Guardia Pretoriana que había jurado cuidar al emperador,
entraron al Palacio con la aparente intención de liquidar a todos los
familiares sobrevivientes del déspota caído.
Cuenta la leyenda que Claudio se
escondió arrodillado, y lleno de temor, detrás de unas cortinas, y lanzó un pequeño
grito cuando se vio descubierto por los soldados.
Mayor su sorpresa cuando los
militares se dieron un golpe en el pecho y alzando extendida su mano derecha (el
saludo romano) dijeron al unísono “Salve emperador Claudio”. Así, este pequeño
político se transformó en el hombre más poderoso del mundo.
Desde aquel 24 de enero del año
41 hasta su muerte en el año 54, Claudio ejerció el poder de la potencia
económica y militar más grande del mundo. Su gobierno lo constituyó la
modernización de Roma, son famosos sus sistemas de acueductos (Aqua Claudia
y Anio Novus), además de su invasión a
Bretaña (Inglaterra), su gobierno fue una total mejoría en comparación a su
antecesor y sucesor.
Claudio, oriundo en Lugdunum en
la Galia, el primer emperador romano nacido fuera de la península itálica, fue
un buen emperador y un alivio entre las atrocidades cometidas por Calígula y
por Nerón; él es uno de esos hombres que cuando se les presenta una oportunidad
la aprovechan al máximo, así lo hizo él, nunca estuvo en sus planes ser
Emperador, aunque no dudó en tomar el poder para sí y lo ejerció lo mejor que le
permitieron las circunstancias.
Tal vez, en este caso, el hecho
de no ser un hombre apreciado por sus coterráneos y contemporáneos, el hecho de
no ser un preferido por el statu quo ni por el pueblo, lo obligó a ser un
gobernante consciente de sus capacidades, de sus límites y de las formas para
hacer el mejor de los gobiernos posibles.
Así Claudio, un político
insignificante, se convirtió en Emperador.
¡Vive la historia, vive el
desafío de aprender!
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