Opinión-. Al mejor estilo de Enrique VIII, durante el
período denominado El Trienio Adeco, y en medio de una puja entre la Junta
Revolucionaria de Gobierno, encabezada por Rómulo Betancourt, y la Iglesia
Católica, se constituyó la Iglesia Católica Apostólica y Venezolana (ICAV).
Todo empezó con el decreto 321,
donde el Ejecutivo venezolano ponía en desventaja a la educación privada frente
a la pública, perjudicando así a un número importante de unidades educativas
que estaban bajo la administración de la Iglesia Católica.
En medio de la conflictividad, en
un editorial de diciembre de 1947 de la
Revista Sic, se leía un editorial que decía: “son ateos los que no creen en
Dios; aunque en medio de la propaganda electoral entran al templo a besar las
imágenes de los Santos. Son totalitarios los que atribuyen al Estado los
derechos que corresponde al individuo, a la familia y a la Iglesia… Son
socialistas y perseguidores de la Iglesia, según expresión del Episcopado
venezolano en su carta pastoral del 30 de septiembre, los que en la Asamblea
Constituyente defendieron el decreto 321 y el artículo 55 de la Constitución”.
Desde el Gobierno, a través del
impulso del Maestro Luis Beltrán Pietro Figueroa, se siguió adelante con el
plan de despojar de beneficios académicos a las instituciones privadas y
desmejorarlas frente a las públicas; a tal punto que un alumno con 20 puntos en
una institución privada equivaldría a 15 puntos en la pública.
En medio de este enfrentamiento,
desde el seno del Poder Político se acordó promover un cisma dentro de la misma
Iglesia alentando, promoviendo y auspiciando, e incluso financiando, una
Iglesia separada la cual se denominaría Iglesia Católica, Apostólica y
Venezolana (ICAV), quien estaría a cargo de Luis Fernando Castillo Méndez, un
sacerdote ordenado clandestina e írritamente por un obispo español, consagrado
por un obispo cismático brasileño.
A la ICAV se agregaron unos pocos
sacerdotes y feligreses, quienes ya habían manifestado su recelo en contra de
la jerarquía de la Iglesia Católica en Venezuela, sobre todo en la forma como
se conducían los obispos venezolanos.
Sin embargo, a pesar de la enorme
cantidad de dinero invertido en el proyecto los objetivos no fueron alcanzados;
la Iglesia Católica Apostólica y Venezolana no sobrevivió a la caída del
gobierno de Don Rómulo Gallegos. E incluso esta polémica podría explicar el
júbilo manifestado por los obispos venezolanos al conocerse el derrumbamiento
del ensayo democrático de 1945 a 1948.
Con frases como “La noche quedó
atrás” y la “Noche blanca”, los sacerdotes ponderaban el período del Trienio
Adeco y a lucha que los revolucionarios de octubre y los sacerdotes
protagonizaron por el derecho a la educación libre de los venezolanos.
Este es un pasaje de nuestra
historia patria y de la historia de la Iglesia Católica en Venezuela, que nos
es suficientemente conocido y estudiado.
¡Vive la historia, vive el
desafío de aprender!
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